“¿Es usted islamófobo? Me preguntaron una vez. La respuesta es no. Lo que soy es un islamismófobo, o, mejor, un antiislamista, porque una fobia es un miedo irracional, y no es irracional temer algo que dice que quiere darte muerte. El enemigo más general es, por supuesto, el extremismo. ¿Qué ha hecho el extremismo por cualquiera de nosotros? ¿Dónde están sus dádivas a la humanidad? ¿Dónde sus obras?”. Así termina el prólogo de Martin Amis a su propio libro El segundo avión, una colección de artículos de prensa (la mayoría para The Guardian y The Times) escritos entre 2001 –el primero una semana después del 11-s) y 2007 acerca de, o motivados por, el más trágico suceso de lo que llevamos de siglo. Además, el libro contiene dos relatos y el impagable documento resultante de acompañar a Tony Blair en una serie de viajes oficiales del entonces (junio de 2007) Primer Ministro británico por Londres, Washington e Irak.
Las opiniones que Martin Amis vierte en este libro –que ya se conocían por ya publicadas– le han procurado al escritor inglés descalificaciones educadas y otras menos –“racista”, por ejemplo, que también rozó a su amigo Ian McEwan por defenderle–. Amis, que siempre se ha considerado de izquierdas, arremete contra conceptos que él atribuye a este espectro ideológico como la “equivalencia moral”, pero el problema es que, para buscar apoyo, ha utilizado como fuente a un teórico neoliberal como Paul Berman.
A pesar de que, a pie de 11-s, Amis cuestiona ciertos aspectos de EEUU –“la creencia de que son justos y buenos reafirma a los norteamericanos hasta un grado casi tautológico: los norteamericanos son buenos y justos porque son norteamericanos”–, según avanzan los artículos y los años el escritor radicaliza su visión del mundo islámico hasta expresar su convicción de que el mundo occidental es superior moralmente al islámico. Lo malo es que, muchas veces, sus argumentos están guiados por la rabia o por situaciones un tanto discutibles –que la policía de un aeropuerto rebuscara en la mochila de su hija pequeña siendo ella “rubia”–, y otras veces parecen en exceso simples –“No todos los hombres son mis hermanos. ¿Por qué? Porque todas las mujeres son mis hermanas. Y el hermano que niega los derechos de su hermana… ese hermano no es mi hermano”–; aunque no impiden preguntarse si, para discernir ciertas cuestiones, lo aparentemente simplista no es también fundamental.
Seguramente, Amis podría –incluso debería– haberse ahorrado el cáliz de someterse a una reprobación conjunta cuando ya la había recibido por separado. Pero la osadía es inherente al ego superlativo y a veces irreflexivo de Martin Amis. En cualquier caso, sería más justo no leer El segundo avión como un tratado de geopolítica con ambición de crear opinión por parte de un politólogo, sino como el esfuerzo honesto del más brillante escritor de su generación por descifrar y entender el complejo mundo que hemos heredado de la tragedia del 11-s. Y, se esté de acuerdo o no, leer a Martin Amis siempre es un placer.
Si había alguien capaz de atreverse a llevar al cine Campos de Londres, de Martin Amis, tenía que ser Michael Winterbottom, que ya le echó valor con Tristram Shandy. Por ahora no hay ningún actor confirmado. Sí parece confirmada Sigourney Weaver como protagonista de Night Train, adaptación de Tren nocturno que dirigirá Nicolas Roeg y que se estrenará en 2010.
En su blog, Río Fugitivo, el escritor Edmundo Paz Soldán opina esto sobre el asunto de la doble identidad de John Banville/Benjamin Black:
La estrategia de Banville es clara: crear una división de labores en la que por un lado está uno de los mejores prosistas vivos de la literatura escrita en inglés y un digno heredero de una tradición que incluye a Joyce y Yeats, y por otro un modesto escritor de policiales que sólo quiere escribir buenas novelas de género (y llegar por ese camino al gran público). Sin embargo, las cosas no son tan esquemáticas como parecen, pues una novela de Black (Christine Falls) es mejor que las primeras de Banville.
Hay autores que han usado seudónimos para esconder sus trabajos menores (Barnes, Auster); otros, para no abarrotar el mercado con una profusión de títulos cada tres meses (Joyce Carol Oates). En Banville no funciona ni uno ni otro argumento. Ya que las novelas publicadas con el seudónimo “Benjamin Black” son de calidad, ¿por qué no publicarlas como John Banville y punto? No es suficiente decir que lo suyo es “una buena manera de ser otro sin dejar de ser el mismo”.
El gesto de Banville es anacrónico, de la epoca en que existía una división tajante entre la literatura “seria” y los géneros menores. Pero el tiempo sabe vengarse: puede que algún día lo que quede de este autor sean algunas de las novelas que publicó con el seudónimo de Black.
Hasta agosto. Pásenlo bien, si pueden.
Escrito por José María Guelbenzu el pasado sábado en El País.
No es oro todo lo que reluce. La recurrencia al psicópata es una percha de la que se han colgado demasiados autores que así se eximen cómodamente de crear un personaje; por ejemplo, el asesino en serie diabólicamente inteligente, que sólo existe en la imaginación exacerbada de escritores en busca de notoriedad. Un verdadero autor de novela negra tiene que combinar atmósfera, ritmo, tensión, conflicto y personajes en perfecto equilibrio, cosa bien difícil; por eso, cuanto mayor es el éxito del género, más mediocre es el resultado general. La genialidad de Per Wahloo y Maj Sjowall, el aire truculento de Fred Vargas, el esfuerzo riguroso de Harlan Coban, el modo impactante de Ross Macdonald… tienen entidad propia, una personalidad que los señala como verdaderos creadores. En fin, lo último es la “ola fría”, pero brutal, que encabeza Stieg Larsson y todo parece indicar que el lado violento de la vida reincide en el género, aunque todos sigan siendo deudores de la tradición norteamericana de un modo u otro. ¿Llegaremos a la saturación? ¿Nos acercamos al mimetismo? ¿Sufre el género de un vértigo por el “más difícil todavía”? Hammet, Chandler, Simenon, Cain… en fin, los grandes, inventaron otra manera de escribir y ahí reside a fin de cuentas -como siempre en la literatura- su grandeza. Ahora les toca a los nuevos, si no se dejan llevar por la moda, la complacencia, los “efectos especiales” y el dinero fácil.
Ahora que la novela negra se ha puesto tan de moda ocurren dos cosas: 1) la gran demanda facilita que se cuelen en las librerías medianías que acaba leyendo todo el mundo y que no hacen justicia a un género que siempre ha tenido costuras, de acuerdo, pero igual que cualquier otro género; y 2) los críticos literarios se esfuerzan –ya casi semanalmente, porque el tema está de moda– en separar grano de paja.
Entre estos últimos, a mí me da ya mucha pereza que se mencione siempre a Hammet y Chandler, como si cada vez que se escribiera un artículo sobre la novela francesa hubiera que recurrir a decir que Proust o Flaubert eran muy buenos. Que se hable más de los vivos, por favor.

Sacado de la contraportada de hoy de Público.

Lo revela el libro Spies: The Rise and Fall of the KGB in America (Yale University Press), publicado la semana pasada y co-escrito por John Earl Haynes, Harvey Klehr y Alexander Vassiliev. Según este libro, Ernest Hemingway fue reclutado en 1941 antes de iniciar un viaje por China, se le dio el nombre clave “Argo” y el escritor “expresó repetidamente su deseo y voluntad de ayudar” cuando se encontró con agentes soviéticos en La Habana y en Londres en los años 40. Sin embargo, y según el libro, Hemingway fracasó a la hora de ofrecer cualquier tipo de información política de valor.
Leído aquí.
Me alegró leer ayer en abc.es (no sé si salió publicado en papel o no) una recomendación del libro Mujeres, del rumano Mihail Sebastian (editado por Impedimenta el año pasado). Fue el primer libro que leí de Sebastian, sobre quien había leído mucho pero nunca me había decidido. Que saliera en Impedimenta ayudó, desde luego. Mujeres es inolvidable, uno de mis libros favoritos de los últimos años, la típica obra que desearía no haber leído para poder volver a hacerlo sin saber nada de nada.
De Mihail Sebastian se puede conseguir también otros libros tan recomendables como Mujeres: La ciudad de las acacias (Pre-Textos), El accidente (Destino), Diario (Destino) y una novedad, Desde hace dos mil años (Editorial Aletheia), de la que no sé nada más que se trata de un ensayo sobre el pueblo judío.


El único periódico nacional que ha entendido –o ha querido entender– cuál era hoy, tristemente, la noticia de portada.