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Francia combatiente, por Edith Wharton

9 junio 2009

edith wharton

Es uno de los libros sorprendentes de este final de temporada antes del verano. El Panteón Portátil de Impedimenta, reproducción por esporas de la editorial Impedimenta –ésta es la segunda, la primera fue El rival de Prometeo–, es el responsable de que este texto vea la luz. La escritora neoyorquina Edith Wharton (1862-1937) llevaba años residiendo en París, después de haberse divorciado, y amaba con alevosía el país que le había acogido. Por eso, cuando en 1914 estalla la Primera Guerra Mundial, Wharton salió a los campos asolados por la guerra de trincheras entre franceses y alemanes para tomar nota del espíritu y el patriotismo galo. Wharton escribe:

[..] Todo depende, por tanto, de qué clase de impulso despierte la guerra en un pueblo. Si nos paramos a analizar los rostros con que nos cruzamos en Châlons, comprenderemos de inmediato lo que quiere decir aquello de que los franceses son ‘une nation guerrière’.

francia combatiente

Y sobre esta máxima, la de dignificar esa nation guerrière y condenar a la cruel Alemania, va Edith Wharton, con sus acompañantes, visitando pueblos de Argonne, Alsacia, Lorena o los Vosgos. Cada página contiene precisos retratos de la grandeur de unos y del horreur de los otros, al son de los cañonazos, los gritos de los enfermos y, en ocasiones, el silencio absoluto. Es la Gran Guerra vista por dentro. No desde el punto de vista de alguien que participa en ella, como pasa en el gran libro Estallidos y bombardeos, de Wyndham Lewis (Impedimenta; por no salir de la editorial), sino desde el punto de vista casi de un periodista, de alguien a quien se concede el laisser passer para recorrer las trincheras, los pueblos asolados, los que han quedado desiertos, ruinosos, también los pueblos llenos de soldados y los llenos de vida, y también París. La guerra provee de historias, está claro, pero es la curiosidad de Edith Wharton –a veces en exceso naturalista– la que llena su crónica de personas increíbles, como el cura de Ménil-sur-Belvitte, “un hombre religioso que se ha convertido en un héroe”.

Y un párrafo escalofriante que no paro de releer:

Una anciana, al oír el grito mortal de su hijo, se asomó imprudentemente a la puerta de su casa. Una bala derribó su cuerpo en el acto, dejándolo tendido entre sus polemonios y sus lirios; y allí, en su pequeño jardín, su cadáver fue deshonrado. Parecía particularmente apropiado, ante semejante escena, leer el cartel que, situado en la parte superior de una puerta ennegrecida, decía: “Monuments Funèbres”, y observar que la casa a la que una vez perteneció aquella puerta constituía el límite de una angosta calle llamada La Ruelle des Orphelines.

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